El poder de los grupos en el aprendizaje y la rehabilitación
Esperar a sentirnos listos para mostrarnos no es una opción. Tratar de crecer o sanar completamente por cuenta propia suele llevar al aislamiento. Puede dejarnos en un vacío donde la curiosidad se apaga.
Una participante en uno de mis grupos dijo, una vez:
“Durante las sesiones grupales me sorprendió darme cuenta de que mis habilidades solo se hacían realmente palpables para mí misma, cuando eran percibidas a través de la música por los colegas que la acogían con solo su presencia – con mis inseguridades y todo. Me sorprendió que esa sensación de «poder hacer música» volvía desde mi audiencia hacia mí como un boomerang.”
En otras palabras: nos volvemos quienes somos cuando somos percibidos.
Nuestras habilidades, emociones y voces toman forma en la resonancia que despiertan en los demás.
Aprender nuevas obras, adaptar técnicas a nuevas obras, son procesos que ocurren solo en nuestro cuerpo o en nuestro cerebro.
Después de casi tres años ofreciendo experiencias grupales online, hice una larga pausa y me enfoqué principalmente en sesiones individuales.
Durante esos meses algo me fue recordado una y otra vez: el sistema nervioso es un sistema social.
Sí, el trabajo individual es importante! Y los grupos son vitales.
Aprendemos y nos recuperamos mejor en equipo.
El estigma en la música
“El enfoque convencional de la cognición nos ha convencido de que la única vía hacia un pensamiento más inteligente consiste en cultivar nuestro propio cerebro.”— Annie Murphy Paul, The Extended Mind
El estigma flota en el aire cada vez que hablamos de artistas atravesando una crisis:
¿Y si fracaso? ¿Y si mi sonido no es lo suficientemente bueno? ¿Y si los demás se dan cuenta? ¿Y si pierdo mi trabajo por esta lesión?
Los estudios muestran que un alto porcentaje de cantantes que atraviesan problemas vocales no buscan ayuda médica, muchas veces por vergüenza o culpa.
Estos pensamientos son reales y poderosos. Los entiendo profundamente.
Pero el estigma y el retraimiento no solo nos impiden pedir ayuda; también dificultan que podamos compartir nuestras fortalezas, habilidades y talentos cuando estamos enfrentando una dificultad.
Y aquí aparece la paradoja: el intercambio suele ser más enriquecedor justamente cuando no estamos bien.
Es más, el estudio en solitario se vuelve tedioso.
Cuando compartimos desde un lugar de vulnerabilidad, algo se abre. Surgen ideas, inspiración y nuevas asociaciones en el cerebro.
Cuando pongo en palabras mi historia y alguien en quien confío escucha, algo se mueve dentro de mí. La carga se aligera.
La culpa, en cambio, nos hace escondernos. Nos contenemos, no compartimos o censuramos partes de la verdad. Es ahí cuando el sistema nervioso protege y provoca tensiones, el crecimiento se detiene.
No hace falta contarlo todo ni a todo el mundo.
Cada persona elige qué comparte y quién será testigo de su proceso.
El rol de ser testigo
En las sesiones grupales, muchos oídos, ojos, cerebros e historias personales acompañan y son testigos de la experiencia.
Y aunque cada historia sea única, los demás suelen reconocer algo familiar en ella.
Ese reflejo importa.
Nuestras experiencias se asientan e integran más plenamente cuando pasan por otras mentes.
Ser testigo no es pasivo: nos transforma.
Y esa sensación de espacio compartido permite que el proceso de aprendizaje y de sanación continúe con más fluidez.
La mente extendida en acción
La periodista científica Annie Murphy Paul, en The Extended Mind, cuestiona la visión tradicional de que la cognición está confinada al cerebro.
Muestra cómo el pensamiento y el aprendizaje se extienden más allá del cráneo: hacia las herramientas que usamos, los entornos en los que nos movemos y las personas con las que interactuamos.
Aprender no es solo lo que ocurre dentro de nuestra cabeza.
Se desarrolla a través de cómo nos vinculamos con el entorno: con los instrumentos, con la tecnología y, sobre todo, con los demás.
El estudio de la cognición distribuida (Edwin Hutchins, 1990) demuestra los efectos de pensar con otros y cómo los grupos pueden generar resultados que superan los aportes individuales.
A ese fenómeno se lo conoce como inteligencia colectiva.
La música lo demuestra de una manera preciosa.
Imaginemos intentar dominar el canto o el piano solo leyendo un libro de técnica instrumental o vocal. Imposible.
La voz y la música son relacionales.
Requieren escucha, resonancia, retroalimentación y presencia: cosas que viven entre las personas, no solo dentro de ellas.
De dónde vienen las buenas ideas
El autor Steven Johnson plantea algo parecido en su libro Where Good Ideas Come From: The Natural History of Innovation.
Muestra que las innovaciones más trascendentes de la historia no surgieron en aislamiento.
Aparecieron cuando los seres humanos dejaron de vivir como nómadas y empezaron a asentarse en comunidades.
Por qué la conexión cambia todo?
Porque la densidad del contacto importa.
Porque la diversidad permite un intercambio más rico.
Cuando las personas dejaron de ser nómadas y comenzaron a interactuar con diferentes grupos, sus ideas chocaron, se mezclaron y encendieron nuevas posibilidades. La rueda, el pan, el cemento, el dinero o el alfabeto aparecieron en contacto, no en aislamiento.
La creatividad y la innovación, dice Johnson, son fenómenos de red.
Lo mismo pasa con el aprendizaje y con la rehabilitación.
La rehabilitación en músicos es un proceso donde desarrollamos ideas para hacer lo que tanto nos gusta de una manera que quizás nuestro cuerpo no había percibido hasta ahora.
Al igual que la innovación, la transformación personal florece en los espacios de conexión.
Por qué esto importa en la música
Para los músicos y las músicas, esto no es solo una idea inspiradora: es esencial.
Incluso cuando practicamos solos o solas, nuestra voz o nuestro instrumento están moldeados por oyentes imaginados, por la música que absorbemos de otros y otras, por la energía del escenario.
Nuestro sistema nervioso aprende y sana mejor en conexión.
El ritmo, la resonancia y la expresión se fortalecen cuando somos vistos, escuchados y sostenidos por el entorno.
Por eso las clases magistrales, los coros o los ensambles pueden ser espacios tan poderosos.
No se trata solo de técnica: se trata de regulación del sistema nervioso en comunidad.
También nosotros y nosotras, los docentes, nos beneficiamos del intercambio regular con colegas y con otras disciplinas que nutren nuestra práctica pedagógica. Ese intercambio constante es una fuente continua de aprendizaje, una forma de integrar saberes y un camino hacia enfoques más sensibles a cada persona.
Una idea
Creá un grupo de pares donde cada participante tenga diez minutos para practicar algo frente a los demás. Dejá que el grupo sea testigo de distintos procesos de aprendizaje. Sin dar consejos. Sólo reflexiones en grupo al final.
Si sos docente de canto o instrumento, generá un espacio para que toda tu clase pueda hacer lo mismo, y otro para vos, junto a colegas, donde compartir e intercambiar sobre la práctica pedagógica.
Y contame cómo te va.
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