¿Por qué importa esto?
Porque los músicos necesitamos una brújula que no se compra. La disociación entre mente y cuerpo es uno de los fenómenos más silenciosos y más costosos en la formación musical. No hace ruido y puede estar sin dar señales obvias por mucho tiempo. Y sin embargo, está ahí – moldeando carreras, voces, bloqueando expresiones, vaciando de sentido y ahogando algo que, sobre todo en la música clásica profesional no tiene buena fama: la alegría de hacer música.
Hay un tipo de cantante, o de músico en general, que casi todos conocemos: disciplinado, estudioso, siempre presente, nunca se queja, poco cuestiona. Un alumno que muchas veces es percibido como ideal, ejemplar. Siempre parece estar «bien» y aceptar todo lo que proponemos.
Y sin embargo, hay algo que no termina de resonar.
A veces tiene que ver con la destreza musical y a veces con algo más difícil de nombrar: la presencia, la congruencia musical, esos momentos en que la música deja de ser solo fenómeno acústico para convertirse en expresión emocional.
Yo misma fui esa cantante en diferentes momentos en los que intenté sumarme a caminos deseados y recorridos por otros, sin preguntarme si realmente lo quería, o sin escuchar mis respuestas.
La trampa del alto funcionamiento
En el mundo del deporte de alto rendimiento ya tiene nombre, y en la música –especialmente en el canto– raramente se nombra: el alto funcionamiento como mecanismo de disociación.
Parece difícil, pero es sencillo: el cuerpo aprende a rendir a pesar de lo que siente. El rendimiento, casi mecánico, se vuelve un escudo. Y la voz –que es un instrumento íntimamente corporal, el único que literalmente vive adentro del músico– queda atrapada con su expresión detrás de ese escudo.
El cantante –o músico en general– altamente funcional no tiene crisis visibles. Al menos, por tiempos largos. Administra su música desde un lugar de control que, paradójicamente, le impide entregarse a la vulnerabilidad sonora que implica el hacer música.
Desde mi propia experiencia como cantante, reconozco este patrón con una claridad que todavía me incomoda.
Aprendí a disociar para rendir. Hubo momentos en los que mi «buen rendimiento» era exactamente eso: una administración.
Sabía qué hacer con mi voz.
No sabía qué hacer con lo que mi cuerpo quería decir.
La separación de la mente y el cuerpo
La disociación funcional no es una disociación clínica, sino una adaptación aprendida.
En algunos casos músico aspirante aprende, a menudo desde muy joven, que sus sensaciones y emociones pueden ser un obstáculo. Que el temblor en la voz, en el dedo, en la rodilla son un defecto a solucionar. Una mancha a quitar. Que sentir demasiado «distrae».
Así, el sistema nervioso aprende a dividirse: hay un «yo técnico» que actúa, y hay una mente que silencia las expresiones de esas sensaciones y emociones que se manifiestan en el cuerpo.
Esta separación tiene un costo enorme de energía. El cuerpo guarda todo lo que la mente intenta olvidar: las tensiones crónicas en la laringe, las sutilezas respiratorias que a veces no tienen explicación, la rigidez en la mandíbula, las dificultades recurrentes. Más que problemas de destreza musical, son respuestas del sistema nervioso. Son el cuerpo hablando el único idioma que le queda cuando no se le permite hablar de otra manera.
En veinte años de docencia no encontré ningún problema “técnico” recurrente que no tuviera que ver con algún mecanismo de defensa adquirido, con alguna forma de disociación que había pasado inadvertida durante mucho tiempo. A menudo es algo muy sutil: algún concepto técnico, experiencias pasadas, historias que el cuerpo estaba sosteniendo, y que necesitaban ser reconocida antes de integrar nuevas destrezas.
Según las herramientas que tengamos a disposición, el sistema nervioso –que aprendió a disociar de algo que no podría ser digerido ese momento, que aprendió a protegerse cerrándose justo en el momento de mayor vulnerabilidad– también puede aprender a abrirse al riesgo de sonar.
El deseo que no es nuestro: deseo mimético y la carrera musical prestada
Hay otro fenómeno que quiero mencionar, porque creo que está en el corazón de gran parte del sufrimiento que veo en cantantes y músicos.
El filósofo René Girard desarrolló el concepto de deseo mimético: la idea de que los seres humanos no deseamos las cosas por su valor intrínseco, sino porque otro las desea. Queremos lo que vemos que otros quieren. Imitamos el deseo antes de saber si ese deseo es realmente nuestro.
En el mundo de la música –la clásica sobre todo– esto puede ser devastador. El estudiante no aprende a cantar y relacionarse con sus propios recursos vocales y musicales, sino que desarrolla la voz, la carrera musical que el modelo, la tradición, el entorno musical desea. Imita la admiración que siente hacia un cantante, o la aprobación que busca en su docente, y construye su identidad vocal sobre ese espejo.
Quiero ser clara: la imitación en sí misma no es negativa. Es parte natural del aprendizaje, y en el mejor de los casos es inspiradora – nos abre la curiosidad y el apetito para descubrirnos como músicos y como humanos. El peligro está en quedarse ahí… En los sonidos y pasos “correctos” que no tienen raíces.
Hay un momento en mi formación como cantante en que la pregunta cambió. Dejó de ser ¿qué tengo que hacer para avanzar? y se convirtió en algo más incómodo: ¿esto que estoy cantando, lo deseo yo, o estoy deseando el deseo de alguien más?
Corrernos del deseo mimético no significa rechazar la influencia de nuestro entorno. Significa pasarla por un filtro para poder integrar lo que somos con lo que hacemos. En el lenguaje del sistema nervioso esto se llama integración: algo que se siente congruente, consistente. No es la ausencia de dificultad, sino la presencia de curiosidad por descubrir y la capacidad de abrirse a la experiencia, al próximo reto.
La ilusión de la linealidad
La pedagogía vocal y musical tradicional –y en esto está bueno revisarnos como docentes– suele operar bajo una lógica lineal: se aprende A, luego B, luego C. Seguimos un programa de estudios. Se sube de nivel. Se acumulan habilidades. Se avanza.
Las estructuras están buenas. Nos dan seguridad. Pero me gustan más bien las estructuras que contemplan la no linealidad de el aprendizaje, del cerebro, de las emociones, de la vida…
Porque ninguna evolución humana es lineal… Los músicos tampoco nos salvamos de esto.
Aquí en Alemania el camino ideal, por ejemplo del cantante clásico, está muy trazado: el cantante entra en una universidad a estudiar, sale con distinción, gana un par de concursos, entra en un Opernstudio con su primer contrato fijo. En algún momento da el salto, deja de ser miembro estable de un elenco de solistas, para trabajar como solista freelance en distintos teatros, solo cantar lo que “realmente” se quiere, con la promesa (prestada también) de ganar más dinero.
Muchos estudiantes se suben a ese tren del deseo, para descubrir más tarde que prefieren hacer proyectos independientes, cantar solo música contemporánea, cantar en un coro de cámara o de ópera, enseñar, hacer ópera para niños, dedicarse al Lied o al jazz – infinitas posibilidades que no fueron vistas durante los años de mimetismo con el deseo, a veces tácito, del entorno.
Nuestras etapas de aparente regresión o estancamiento son momentos clave para reflexionar sobre todo esto. En músicos altamente funcionales estos indicios pueden ser sutiles. Las fases de aparente regresión son en realidad expansiones para el cerebro: hay momentos en que estudiando «perdemos» algo que teníamos –control, seguridad, destreza musical, motivación, inspiración, ganas, claridad. Eso no es un error ni un fracaso, sino una señal de que algo más profundo está formándose. Nuevas redes neuronales están buscando sentido a lo “nuevo” que hacemos. La sensación de desorden y confusión, cuando el sistema nervioso se está reorganizando, es en realidad una buena señal de que estamos aprendiendo.
Si olvidamos esto, corremos el riesgo de patologizar el proceso – leer como falta de talento o de personalidad lo que en realidad es el sistema nervioso expandiéndose.
No significa que cualquiera pueda hacer una carrera como músico profesional o que cualquiera pueda lograr cualquier cosa. Significa más que nada, que desde mi lugar de acompañante de procesos, puedo ofrecerle a un estudiante no solo destreza vocal o musical, sino, sobre todo, un marco de comprensión para su propio proceso. La capacidad de tolerar la no-linealidad. De confiar en que el camino tiene curvas que no son desvíos, sino parte del camino mismo.
Así el músico gana independencia y se convierte es su mejor maestro. No significa que no pida ayuda, que haga todo solo. Más bien significa aprender a escuchar, ver y sentir sus impulsos, necesidades, preferencias, intereses.
Ir armándose la brújula.
A eso lo llamamos resiliencia: abrir espacio para lo que aparece en nosotros y mantener viva la curiosidad para descubrirlo. Con pequeños experimentos. Con lo que sea posible hoy, ahora.
El cuerpo habla en un lenguaje más lento que la mente. Necesita tiempo de observación, tiempo para sentir y sincronizar: movimiento musical, sensación y emoción.
Es la alternativa a simplemente funcionar. Es una alternativa llena de posibilidades.
¿Qué hacemos con todo esto como docentes?
Si enseñamos canto o cualquier instrumento estas preguntas nos incumben directamente.
¿Estamos perpetuando modelos de deseo mimético sin darnos cuenta? ¿Soy mi mejor maestro? ¿Estamos leyendo los bloqueos de nuestros estudiantes como problemas técnicos o falta de talento cuando en realidad son respuestas del sistema nervioso que quieren ser percibidos? ¿Qué hacemos con eso que percibimos? ¿Me siento menos calificado como docente si mi alumna (o cliente, ya profesional) no se sigue los caminos que se esperan la industria de la música?
No se trata de convertirnos en terapeutas. No podemos, y no es nuestro rol. Pero sí se trata de ampliar la mirada dentro del quehacer musical. Siempre hay alguien detrás de la voz, detrás del instrumento. La voz, la música son un fenómeno integral –técnico, emocional, somático, relacional. Si mis propuestas van sólo desde el funcionamiento, tengo ya la mitad, pero falta la otra parte del instrumento.
Una pedagogía sensible al trauma – al sistema nervioso -no implica evitar el desafío o la exigencia, sino crear las condiciones de seguridad en las que el sistema nervioso pueda aprender –es decir, arriesgarse a reorganizarse.
Es reconocer el próximo safe danger (peligro seguro), como lo llama el coach empresarial Ben Swire. Es descubrir cuándo un estudiante o cliente está disociando, para acompañarlo de regreso a un estado de mayor congruencia y apertura.
Significa también revisar nuestro propio lugar como figuras de autoridad. Porque el deseo mimético no ocurre solo en el estudiante: también nosotros, como docentes, podemos estar transmitiendo nuestros propios deseos que no fueron vistos ni nombrados, en lugar de acompañar el despliegue de una voz, de un sonido, de una expresión musical con recursos individuales, que no son los nuestros.
Para cerrar: volver al cuerpo
No el cuerpo como máquina que hay que optimizar para el alto rendimiento, sino el cuerpo como lugar de congruencia. Como el primer instrumento. Como el que sabe, incluso cuando la mente no quiere saber. Como la casa que aloja sentimientos y nos permite transitarlas sin quedar atrapados en la frustración de algo que no salió como esperábamos, la vergüenza de no cumplir expectativas ajenas, la culpa por no haber invertido más tiempo en alguna obra… vos seguís con la lista.
La separación entre cabeza y cuerpo no es un defecto de carácter, ni falta de talento, ni una debilidad psicológica.
Es una adaptación inteligente a entornos que no siempre han sido seguros para digerir la vulnerabilidad de algunos retos.
El músico que disocia aprendió a hacerlo por buenas razones. El trabajo no es juzgar esa adaptación, sino acompañar –con herramientas que muestren el camino de regreso dentro del quehacer musical diario.
Nuestros hábitos musicales generan en nosotros una respuesta visceral de confianza y apertura, o bien crean una respuesta visceral que nos lleva a disociarnos de sensaciones y emociones… información que viene de nuestro cuerpo, valiosa para la toma de decisiones.
Así abrimos camino hacia música recreada desde la agilidad emocional.