La sensación de perturbación como posibilidad.
En una entrevista, la clarinetista Christine Carter cuenta:
“En mi formación me enseñaron a evitar errores. Quizás la versión más común sea esta: tocar algo perfectamente diez veces, cometer un error… y sentir que eso borra todo el trabajo. Entonces empezás de cero y repetís las diez sin equivocarte.”
Si bien conozco actitudes similares —aquellas que intentan acumular repeticiones sin errores—, tuve la suerte de escuchar una y otra vez, de uno de mis maestros en Buenos Aires, Andrés Aciar, la siguiente máxima:
“Repetir no, Gabriela, recrear.”
Él tenía opciones para recrear. Desde muchos aspectos que yo no conocía entonces.
La repetición sin recreación tiene un costo: empuja la atención hacia el control de un aspecto o gesto, y aleja, por largos períodos, otras facetas de la experiencia musical.
Cuando la práctica se centra en no fallar, el cuerpo aprende a contener, a proteger más que a desarrollar la capacidad de responder, de reaccionar.
La precisión musical que conmueve necesita un cuerpo disponible y reactivo, capaz de comunicarse con el instrumento, la acústica, los otros músicos y, a través del sonido genuino, llegar a la audiencia.
Para el sistema nervioso, hay mucho que coordinar al mismo tiempo.
En el concierto ideal no queremos pensar cómo evitar errores, ni cómo respiramos, movemos la mandíbula o los dedos: queremos que eso fluya, sin la parsimonia que exige el control analítico.
Y, si bien necesitamos la posibilidad de analizar durante el estudio en solitario o en clase, la fluidez quiere ser tenida en cuenta, porque es el «modo» que necesitamos en el escenario.
Y aquí ayuda recordar algo clave: el cerebro no piensa, el cerebro predice.
Predice desde experiencias almacenadas.
Es decir, cada situación que se nos presenta será reconocida por su similitud con una experiencia pasada, y las reacciones automáticas ocurrirán en consecuencia.
Eso no significa coleccionar “prácticas perfectas”.
Las prácticas eficientes —esas que refrescan en lugar de ofuscar— articulan, procesan y encuadran lo vivido y lo sentido, en distintos niveles, para que esas predicciones sean flexibles.
Aprender y transformarse (para el cerebro, aprender es transformar redes neuronales) es, desde el comienzo, una perturbación para el cerebro y el sistema nervioso.
Cada vez que un músico intenta aprender algo nuevo o reinterpretar una obra, le otorga a su maestr@ —o a sí mism@— un permiso implícito para ser perturbado.
Te permito provocar en mí un desorden.
El aprendizaje necesita consenso con la perturbación
Los nuevos elementos que aprendemos entran en juego en el cerebro, en el cuerpo, en el sistema nervioso. Al principio son elementos extraños, tanto para el cuerpo como para los sentidos y el cerebro entero.
A medida que lo nuevo crea conexiones con lo viejo, el acceso a lo aprendido se vuelve más fácil.
Por eso necesitamos proveernos de entornos de aprendizaje —en clase, en ensayos o en soledad— donde podamos sentir, experimentar, cuestionar, mostrar y reflexionar sobre ese nuevo elemento extraño, esa nueva dificultad que trae perturbación.
Repetir mientras se ocultan los efectos de la perturbación —las preguntas, las dudas, las incomodidades— solo consume energía.
Recrear implica percibir la experiencia perturbadora tal como la experimento, sostenerla y ofrecerle diferentes contextos donde pueda encontrar más claridad y fluidez:
- Desde el balance corporal.
- Desde el impulso rítmico.
- Desde el movimiento técnico integrado.
- Desde la respiración.
- Desde la orientación acústica.
- Desde la propiocepción.
- Desde las sensaciones internas del cuerpo.
- Desde la escucha atenta.
Podés seguir completando la lista que recrea la experiencia y la convierte en expresión musical.
Acústica perturbadora
La perturbación puede ocurrir por muchos motivos.
Siempre hay elementos “nuevos” en el acto espontáneo de hacer música: desde aprender una obra desafiante hasta adaptarse a condiciones cambiantes como nuevos músicos, nuevas orquestas, nuevos tempi…
Las más desafiantes para el sistema nervioso son, por excelencia, las acústicas de las diferentes salas de práctica, ensayo y concierto.
La adaptabilidad puede entrenarse desde la práctica, enriqueciendo la experiencia musical en distintos aspectos a través de conceptos y estrategias que la organicen para fluir con soltura —perturbe lo que perturbe 😅.
La precisión musical en el escenario es una artesanía sensible y espontánea: no se repite.
Se recrea, una y otra vez.
Es un producto residual de la experiencia sintonizada por el sistema nervioso.
En resumen
Perturbar no es romper o errar: es movilizar.
Cada recreación reorganiza el cuerpo, los oídos, el balance, el sonido, las emociones, las sensaciones… el cerebro.
Y en ese movimiento, la precisión musical deja de ser una meta para convertirse en un subproducto de una práctica viva, flexible y perturbable.
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