¿Por qué importa? En el escenario, en la sala de ensayo, y sobre todo en la práctica en solitario, cada músico es su propio maestro, su propio acompañante. La voz interior con la que te acompañás mientras practicás es el resultado directo de cómo enmarcamos nuestras experiencias — nosotros mismos y nuestros maestros. Y si esa voz solo sabe señalar errores, trabajás con la mitad de la información que el cerebro necesita para transformarse.
Este artículo habla de:
- el enfoque «Enseñar desde los recursos» de una profesora de piano en la Universidad Mozarteum, Austria
- el error y su función en el cerebro
- por qué valorar el error cambia no solo cómo aprendemos, sino cómo enseñamos y
- cómo design fluency nos ayuda a cometer errores -sin romanizarlos- para delimitar la experiencia, sin consolidarlos en la memoria
Hace dos semanas estuve en el encuentro de mi grupo de trabajo de Pedagogía, dentro de la Deutsche Gesellschaft für Musikphysiologie und Musikermedizin, la asociación alemana de fisiología musical y medicina para músicos.
Una colega del grupo, profesora de piano en la Universidad Mozarteum, nos presentó su enfoque en una breve ponencia: «Enseñar desde los recursos. Elementos de la psicología positiva en la clase de piano y sus efectos.»
Hace un año, empezó a reunir semanalmente a todos sus alumnos. No es un concierto, no hay nada que preparar especialmente: cada uno toca algo en lo que está trabajando, algo que todavía no está «acabado». Después de tocar, el resto del grupo ofrece una devolución que empieza con tres cualidades de lo que acaban de escuchar. Lo que puede mejorar e ideas para seguir viene en segundo lugar.
Al principio, cuenta la docente, no fue fácil: entusiasmar a los estudiantes para participar costaba, y encontrar tres elogios genuinos para quien presentaba una obra se hacía cuesta arriba. Aun así, ella siguió sosteniendo ese espacio porque consideraba necesario institucionalizar encuentros donde los alumnos aprendan a navegar los procesos de aprendizaje de manera constructiva — y donde se cultive la costumbre de valorar los recursos en cada paso del camino.
Después de un año, el cambio empieza a hacerse visible. Sus alumnos llegan a clase individual comentando: «esta semana, después de practicar, me encontré pensando automáticamente en dos aspectos que funcionaron bien.» Antes ese pensamiento no existía. Andaban con lupa para encontrar la falta, para corregir sobre lo corregido. La atención estaba enteramente puesta en arreglar, en cazar lo que estaba mal.
Lo que la profesora hizo fue crear, de manera explícita y deliberada, un lugar institucional para elevar la competencia en el manejo del error. No fue un efecto secundario ni una casualidad pedagógica — fue la intención desde el principio.
Hace diez años, en una charla sobre el tema, un colega me discutió: «Gabriela, no podemos hacerles un lecho de algodón a los alumnos — la carrera del músico es dura.» En alemán: «in Watte packen.» Envolver en algodón.
En aquel momento le respondí desde la psicología humanista de Carl Rogers y la necesidad inherente del ser humano de auto-actualizarse, de crear vínculos sanos con uno mismo para enfrentar los desafíos más duros que presentan la música y los contextos de la vida.
Hoy, después de adentrarme en estudios del cerebro del músico, agrego algo más: los motivos vienen desde antes, desde la biología, desde la manera de funcionar de nuestro cuerpo, nuestro sistema vestibular, nuestro sistema nervioso, nuestro cerebro.
Un error es información para el cerebro.
Los bebés son el mejor ejemplo: caerse y volver a intentar erguirse es una tarea diaria durante meses. Sus instrumentos de aprendizaje son el juego, la recreación, la exploración, la imitación. La motivación no es evitar el error — es llegar a lugares interesantes, imitar, relacionarse, moverse por el mundo. Y son eficientes: en solo un año se gradúan en diferentes áreas — caminar, comer con cuchara, entender un idioma y empezar a hablarlo.
Un entorno donde la crítica del error predomina, no ayuda al bebé a caminar antes sino que lo bloquea.
El exceso de crítica en la formación musical tampoco aumenta la precisión musical.
El cortisol no es siempre el malo de la película
«Aprender es, básicamente, abrirte camino a través de la confusión.»
Kenneth R. Leopold, Profesor Emérito de Química, Universidad de Minnesota
Aprender una nueva destreza es un proceso caótico, imperfecto, complejo.
Dar un concierto, en cambio, es un proceso que requiere de claridad adquirida, que se sirve de información, posibilidades y habilidades ya internalizadas.
Son dos momentos distintos que piden destrezas distintas.
Para aprender algo nuevo, el nivel de cortisol necesita subir lo suficiente para navegar el desafío. Sin esa activación, no hay curiosidad para investigar. Esa suba de cortisol es el motor de la confusión — y hasta del pequeño estrés o exasperación que podemos experimentar al intentar aprender algo nuevo.
Pero cuando la crítica predomina, o cuando la destreza a aprender es mucho más difícil de lo que podemos asimilar, el cortisol sube más de lo que el cerebro necesita — y la capacidad de análisis, memoria y aprendizaje se ve comprometida.
En otras palabras: con la crítica indiscriminada anulamos el pensamiento crítico… el que hace preguntas buenas se va del juego.
En ese estado, los viejos automatismos toman el mando y la novedad desaparece. Aparece entonces la frustración de «no avanzar».
Esto viene además normalmente aparejado a un automonitoreo constante que erosiona algo fundamental: la confianza que sostiene la fluidez que el cerebro requiere para vivir la experiencia en todas sus facetas: las conscientes y las inconscientes.
En la mayoría de los casos, el entrenamiento musical occidental desarrolla y perfecciona un radar para detectar el próximo error a eliminar. Incluso en clase — que no es el lugar para demostrar lo que sabemos, sino para elevar la consciencia, explorar, reafirmar y expandir posibilidades.
Durante las prácticas en solitario, en conciertos, o pre y post conciertos, nos guiamos de la misma manera en que nuestros entornos nos acompañaron y enseñaron: con palabras similares, con objetivos y tono similares: distantes o involucrados, curiosos o cansados, exasperados o calmos, con crítica o con buenas preguntas — lo que vivimos en el aula se convierte en la voz interior.
El cerebro necesita los errores
El cerebro no procesa el mundo desde cero en cada instante: construye predicciones a partir de caminos ya recorridos, de experiencias anteriores. Y es con esas predicciones que recrea la música en tiempo real, nota a nota, frase a frase.
El cerebro compara opciones y selecciona la que más sentido tiene con los datos disponibles. Si la predicción no cuenta con suficiente información, la «técnica» — que más que técnica es orgánica — puede fallar. El fallo le da borde a esa experiencia: le muestra al cerebro dónde están los límites.
Ese es el momento para buscar la información que falta — no para sancionar el error, sino para enriquecer la experiencia con nuevos aspectos.
Para que esa recreación funcione arriba del escenario, hace falta variedad de posibilidades. El cerebro necesita haber transitado varias versiones posibles de ese pasaje, varios caminos hacia la misma meta. Varias obras diferentes para que un aspecto técnico tenga suficiente información para fluir de forma integrada.
Si existe una sola posibilidad — la versión «correcta», repetida sin variaciones — y esa única posibilidad falla en el momento, no hay nada más a donde ir. Esto, en un concierto, se siente como caminar por una cornisa, mirando el precipicio.
Cartografía del aprendizaje
Los científicos Gerald Edelman y Joseph Gally describieron dos principios bajo los cuales los sistemas biológicos, como el cerebro, se auto-transforman:
- redundancia: donde caminos neuronales son compartidos para diferentes funciones
- degeneración: donde caminos distintos llevan al mismo resultado
Un cerebro con destrezas musicales no construye un solo camino hacia una meta — construye varios. Y también aprende a usar un mismo camino para llegar a metas distintas. Esa multiplicidad es la sabiduría que después nos permite resolver situaciones que nunca practicamos exactamente así.
El error, lo que todavía no nos sirve para seguir, quiere ser visto como parte de este proceso. El cerebro va armando un mapa — un mapa que tiene cada vez más calles para llegar al mismo lugar, más ciudades conectadas, más atajos descubiertos. Los caminos muy transitados se vuelven anchos y fluidos; los que dejamos de usar se van achicando hasta desaparecer. Así se reemplazan hábitos viejos por nuevos.
Repetir lo que sale bien, pulir hasta que no haya margen de error visible, no es lo que el cerebro prefiere para aprender. Lo que prefiere es explorar, mapear la experiencia hasta los bordes — incluyendo lo que no sale, lo que se cae, lo que todavía no está — para construir varios caminos hacia la misma meta, y para usar esos caminos en contextos que no son del todo predecibles.
Design fluency para cantantes
Practicando siempre «la manera correcta» — cuando hay un error que se repite — tendemos a consolidar ese error en la memoria a largo plazo. El cerebro es maleable: aprende por repetición, tanto lo bueno como lo malo.
Design fluency — un término que viene de la psicología y los deportes — es la habilidad para resolver problemas de manera creativa. En lugar de repetir siempre patrones idénticos de movimiento, para hacer mapas de navegación de los agudos, por ejemplo, el cerebro prefiere buscar diferentes maneras de interiorizarse en la nueva tarea.
Explorar, investigar y cometer errores nuevos.
La voz y la música en general, como fenómenos emergentes, requieren habilidades de gran adaptabilidad.
Cuando nuestra manera de resolver un desafío técnico es única, o se basa en un solo aspecto de la ejecución y no en la variedad de factores que la influyen, la visión panorámica desaparece, el foco se reduce, el sistema nervioso se rigidiza, los movimientos también.
La variabilidad en las prácticas estimula la coordinación, la resiliencia, la adaptabilidad, la capacidad de hacer correcciones en el camino, la de inhibir movimientos no deseados y la flexibilidad cognitiva.
Design fluency para notas agudas
Siguiendo con el ejemplo de las notas agudas, podés elegir cinco variaciones, tomándote tiempo para observar sensaciones mientras probás cada una.
Aquí menciono algunas, dentro de un océano de posibilidades:
Explorá los agudos: en escalas ascendentes, en intervalos pequeños o grandes, en staccato, en piano, en forte, de forte a piano y viceversa.
Jugá con el cuerpo mientras cantás: apoyado en una pared, levantando una rodilla, en cuclillas, con los brazos abiertos a la altura de los hombros, dibujando una pequeña raya con la punta de la nariz, acostado boca abajo con los antebrazos y las manos apoyados en el piso.
Jugá con el balance corporal mientras cantás: trasladando el peso de una pierna a la otra, apoyándote en un pie y levantando el otro del piso.
Jugá con la mirada mientras cantás: enfocándola en un punto y ampliándola de a poco hacia la periferia.
El movimiento y la cognición se influyen mutuamente.
La variedad en las prácticas trae consigo:
- información para resolver problemas,
- adaptabilidad a situaciones difíciles de predecir,
- afinación de la coordinación sin microgestionar,
- reducción de la ansiedad,
- flexibilidad mental y
- mayor resiliencia a largo plazo.
El objetivo no es un sonido perfecto, sino sensiblemente preciso — estable y a la vez flexiblemente adaptable.
El error es información relevante, es un recurso de trabajo, es materia prima para delimitar y expandir la experiencia individual de las destrezas que buscamos adquirir.
El proyecto de la profesora del Mozarteum es un recordatorio de que el proceso — incluyendo el error y los resultados que descartamos — necesitan ser vistos y requieren un espacio tan grande y valorable como el logro.